Harry N. Morse había pasado años persiguiendo delincuentes en el Oeste americano. En 1883, una diminuta marca de lavandería le permitió identificar a uno de los salteadores de diligencias más famosos de California.
En noviembre de 1883, Harry N. Morse tenía en sus manos un pañuelo manchado de sangre.
No parecía gran cosa.
Pero en una de sus esquinas había una pequeña marca de lavandería: F.X.O.7.
Morse decidió seguirla.
Durante los días siguientes recorrió lavandería tras lavandería por San Francisco intentando descubrir quién había marcado aquel pañuelo.
Había más de noventa.
Y detrás de aquella insignificante combinación de letras y números se escondía uno de los delincuentes más buscados del Oeste americano.
De sheriff a investigador privado
Harry Nicholson Morse conocía bien aquel mundo.
El 2 de septiembre de 1863 había sido elegido sheriff del condado de Alameda, California. Permaneció durante años en las fuerzas del orden y adquirió tal reputación persiguiendo delincuentes que terminó siendo conocido como “The Bloodhound of the Far West”, el sabueso del Lejano Oeste.
Después dio el salto a la investigación privada y desarrolló su propia agencia en San Francisco.
Uno de los casos que terminaría definiendo su carrera fue la búsqueda de Black Bart.
Entre 1875 y 1883, Black Bart había convertido los asaltos a las diligencias en casi una especialidad. Actuaba solo y, a diferencia de la imagen habitual del bandido del Oeste, cultivaba una apariencia educada y elegante.
Su verdadero nombre era Charles E. Boles.
Pero eso todavía no lo sabía Morse.
Una pista abandonada en el camino
El 3 de noviembre de 1883, Black Bart asaltó otra diligencia en California.
Esta vez algo salió mal.
Durante su huida resultó herido en una mano y tuvo que abandonar varios objetos. Entre ellos apareció aquel pañuelo ensangrentado.
James B. Hume, investigador especial de Wells Fargo, llevaba tiempo intentando capturarlo y trabajaba con Morse en el caso. La marca del pañuelo les ofrecía algo que hasta entonces no habían tenido:
una pista que podía seguirse.
Morse comenzó a visitar las lavanderías de San Francisco.
Una tras otra.
Hasta que llegó a la correcta.
La marca condujo finalmente hasta un cliente llamado C. E. Bolton, un hombre que decía dedicarse a negocios relacionados con la minería.
Morse no fue directamente a acusarlo de ser un salteador de diligencias.
Utilizó un pretexto.
Se presentó como alguien interesado en hablar de negocios mineros y consiguió acercarse a Bolton. A primera vista, aquel hombre respetable y bien vestido difícilmente parecía uno de los forajidos más buscados de California.
Pero las piezas empezaron a encajar.
Las investigaciones posteriores permitieron descubrir que C. E. Bolton era en realidad Charles E. Boles.
Bart negro.
Fue condenado por su último asalto y enviado a la prisión de San Quentin.
La pista pequeña
La historia de Harry Morse resulta especialmente interesante porque no tiene nada que ver con la imagen cinematográfica del Oeste.
No atrapó a Black Bart después de una espectacular persecución a caballo.
No hubo un duelo al amanecer.
Hubo algo mucho más parecido al trabajo de un investigador privado.
Un objeto aparentemente insignificante.
Una marca.
Una hipótesis.
Y después paciencia.
Morse recorrió San Francisco preguntando una y otra vez por aquel pañuelo hasta encontrar a alguien que reconociera la marca. Las fuentes históricas sitúan la búsqueda en torno a noventa lavanderías.
Veinte años antes, California había elegido a Harry N. Morse sheriff.
Ahora caminaba de lavandería en lavandería por San Francisco con un viejo pañuelo como única pista.
El sheriff se había convertido en investigador privado. Y el sabueso seguía siguiendo el rastro.








