Diez días de fuga, dos nombres falsos y una maleta olvidada en un armario: la investigación de Pinkerton tras la desaparición de cien mil dólares.
La maleta llevaba una semana en casa. Nadie la había abierto.
Joseph W. Boardman la había recibido en Bristol, Connecticut, y la había guardado en un armario. Trabajaba como agente de una compañía de transporte y, según explicó después, pensó que alguien acudiría a recogerla. El envío no llevaba un nombre que le permitiera comprender qué hacía allí.
Dentro había ropa, zapatos y cerca de 80.000 dólares.
Mientras aquella fortuna permanecía oculta, los detectives de Pinkerton buscaban al hombre que la había enviado: un empleado de Adams Express que había desaparecido de Pittsburgh con dinero de la compañía.
Era E. G. Cunliffe.
Una salida al terminar la jornada
El caso comenzó el 9 de octubre de 1905. Cunliffe trabajaba para Adams Express, una empresa dedicada al transporte de paquetes y valores.
El relato que Pinkerton publicó muchos años después describe una sustracción de una sencillez desconcertante: al terminar su jornada, el empleado habría guardado una gran cantidad de dinero en la caja fuerte, tomado un paquete que contenía cien mil dólares y salido con él bajo el brazo, despidiéndose de sus compañeros.
Después tomó un tren hacia el este.
Esa escena procede de la reconstrucción retrospectiva de la agencia. La prensa contemporánea confirma lo esencial: Cunliffe había sustraído dinero de Adams Express y había huido. Algunas noticias cifraron el total en 101.000 dólares, frente a los cien mil del relato corporativo.
La compañía recurrió a Pinkerton. Desde ese momento, la investigación tenía dos objetivos: encontrar al empleado y averiguar dónde había dejado el dinero.
Capturarlo no garantizaba recuperar el botín.
Dos nombres para un mismo fugitivo
Cunliffe acabó en Bridgeport, Connecticut.
Según el New-York Tribune del 20 de octubre, se alojó en el Arlington Hotel utilizando el nombre de J. E. Dowling. La noticia lo describe permaneciendo dentro durante el día y saliendo por la noche. Más adelante pasó al Tremont Hotel, donde se registró como J. W. Wilson.
Había cambiado de alojamiento y de identidad. Los investigadores, sin embargo, obtuvieron pistas que situaban al fugitivo en la ciudad.
La crónica identifica a uno de ellos por su apellido: Thornhill. Llegó a Bridgeport la noche del 18 de octubre acompañado de otros cuatro investigadores y se presentó en la jefatura de policía.
A la mañana siguiente, 19 de octubre, agentes de Pinkerton y policías locales detuvieron a Cunliffe en la calle, poco después de que saliera del Tremont Hotel.
Primero negó ser el hombre que buscaban. En dependencias policiales reconoció su identidad y expresó arrepentimiento. Esa noche, Thornhill salió con él hacia Nueva York para continuar después hasta Pittsburgh.
Diez días habían bastado para localizarlo. Quedaba resolver la segunda parte del encargo.
La pista que llevaba a Bristol
Cunliffe declaró que había enviado una parte importante del dinero a su cuñado, Joseph W. Boardman, en Bristol.
La noticia del Tribune permite seguir la recuperación con un detalle que se pierde en las versiones más resumidas. Tras conocer aquella declaración, un representante de Associated Press acudió a casa de Boardman y le preguntó por el dinero.
Boardman respondió que no había recibido dinero, pero sí una maleta el 12 de octubre. Su esposa había firmado la entrega y él la había guardado sin abrir.
Ofreció llamar a la policía para que la examinaran.
Cuando llegaron los responsables policiales locales, abrieron la maleta. Aparecieron fajos de billetes, un traje negro, un par de zapatos y dos camisas.
Durante el recuento llegaron J. C. Curtis, responsable de Adams Express en Nueva Inglaterra, y William H. Minster, identificado por el periódico como superintendente de los detectives de Pinkerton.
La fortuna había viajado separada de su dueño y había terminado en un armario doméstico. Según la misma crónica, las autoridades dieron crédito a la explicación de Boardman, que manifestó su sorpresa ante el contenido.
La recuperación reunió así la declaración del detenido, la intervención de un periodista, la actuación de la policía local y la presencia de representantes de la compañía y de Pinkerton.
«Lo quemé»
Todavía faltaba dinero.
Cuando le comunicaron el hallazgo, Cunliffe sostuvo que había quemado el resto porque los billetes llevaban marcas de un banco de Pittsburgh y temía que lo descubrieran al utilizarlos.
Era su explicación, no una prueba de que el dinero hubiera sido destruido.
El relato posterior de Pinkerton describe otras recuperaciones y sitúa parte del botín en escondites adicionales. También difiere de la noticia de 1905 en la cantidad encontrada en la maleta y en la disposición de los billetes. Por eso conviene conservar el dato más sólido: en Bristol se recuperaron cerca de ochenta mil dólares, mientras el destino del resto siguió dando trabajo a los investigadores.
En noviembre de 1905, Cunliffe fue condenado a seis años de prisión. La prensa de ese mes recogió la sentencia.
Lo singular del caso está en el recorrido del dinero. El empleado huyó, utilizó nombres falsos y cambió de hotel. La mayor parte de la fortuna, entretanto, permaneció inmóvil en una casa donde nadie sabía que estaba.
Los detectives tuvieron que seguir al fugitivo y después seguir sus declaraciones hasta el botín. La detención resolvió la búsqueda de Cunliffe; la maleta permitió devolver una parte sustancial de lo sustraído.
Un hombre podía esconderse detrás de otro nombre. Cien mil dólares también podían esconderse detrás de un envío aparentemente corriente.
Fuentes: New-York Tribune, 20 de octubre de 1905, portada, conservado en la Biblioteca del Congreso; New Ulm Review, 15 de noviembre de 1905; y «The Daring Express Robber and the Detectives», publicado por Pinkerton el 5 de octubre de 2023.









