Detrás de aquella firma estaba el periodista Joaquín Verdugo Landi, tío de Margarita Landi y modelo literario para Emilio Carrère. Una de sus crónicas nos lleva hasta los cafetines donde se pagaba por dormir sobre una mesa.
Medianoche en Madrid. Un periodista entra en un local de la calle de Calatrava acompañado por un inspector de policía y dos guardias vestidos de paisano.
Dentro encuentra personas vencidas por el sueño, sentadas en bancos de madera, con la cabeza apoyada sobre las mesas. El hacinamiento dificulta el paso.
No ha ido a tomar café.
Ha ido a contar cómo sobreviven quienes no tienen una cama.
El reportaje apareció en Nuevo Mundo en mayo de 1916. Su autor firmaba como «El detective Ros Koff». Detrás del nombre estaba Joaquín Verdugo Landi.
Una firma con aire de misterio
Ros Koff parece un personaje salido de una aventura por entregas. Pero aquella identidad pertenecía a un periodista real, vinculado a Prensa Gráfica.
La Asociación de la Prensa de Madrid confirma el seudónimo y su relación familiar con Margarita Landi, de quien era tío.
Eso exige una distinción: firmar como detective no demuestra que ejerciera la investigación privada por encargo de clientes. Lo documentado aquí es su actividad periodística y literaria.
Su nombre, sin embargo, prometía al lector una mirada investigadora: alguien dispuesto a entrar donde otros preferían no mirar.
Pagar para seguir durmiendo
El establecimiento que visitó estaba en el número 35 de la calle de Calatrava, cerca de la calle de Toledo. Era uno de los llamados «cafetines de dormir».
Una consumición permitía pasar un tiempo a cubierto. Después había que volver a pagar. Según la reconstrucción del reportaje, el tabernero despertaba a los clientes cada dos horas para exigir otra consumición.
Algunos se ataban a las mesas para no caer al suelo mientras dormían. Quienes podían pagar más accedían a salas donde descansar sobre el pavimento sin aquellas interrupciones.
A las seis de la mañana terminaba el refugio.
Ros Koff describió una concentración de miseria que lo impresionó. Su crónica acercaba a los lectores una realidad situada a pocas calles de la vida respetable de la capital.
Pero también debemos leerla atendiendo a sus prejuicios: las palabras de la época mezclaban pobreza, marginalidad y delincuencia con una facilidad que no convierte a todos aquellos durmientes en criminales.
Aventuras entre dos mundos
La identidad de Ros Koff también llegó a los libros.
La Guía del Lector de 1924 registra una segunda edición de Aventuras del detective Ros-Koff, publicada por V. H. Sanz Calleja. El volumen tenía 168 páginas y pertenecía a la Colección Popular.
La conexión literaria va más lejos. Un estudio sobre La torre de los siete jorobados sostiene que Emilio Carrère tomó a su compañero Verdugo Landi como modelo para la evolución del personaje Basilio, al que presenta como un investigador aficionado.
Así, Ros Koff circulaba entre la firma periodística, las aventuras impresas y la ficción de otros escritores.
Un nombre que merece recuperarse
Su interés no depende de convertirlo retrospectivamente en detective profesional.
Basta con seguirlo hasta aquel cafetín: un periodista acompañado por policías, observando un lugar que después transformaría en relato.
Ros Koff llevaba el misterio en la firma. Lo que encontró en la calle de Calatrava fue una realidad mucho más incómoda: personas que tenían que seguir pagando para poder seguir durmiendo.









