En 1857, una agencia privada recibió el encargo de investigar los robos de cuerpos en Chicago. La operación exigió noches de espera, un seguimiento y mucho trabajo después de la detención.
Hacia la medianoche del 6 de noviembre de 1857, cuatro detectives vigilaban un cementerio de Chicago cuando apareció un carruaje por North Avenue.
Dos de ellos lo siguieron. Cerca de Chicago Avenue, un hombre bajó del vehículo y fue detenido. Otros dos ocupantes escaparon.
Dentro del carruaje encontraron dos cadáveres.
El detenido era Martin Quinlan, el funcionario responsable del cementerio. La investigación había comenzado diez días antes, cuando el concejal Russell Green recurrió a la North-Western Police Agency de Allan Pinkerton. Pese a su denominación, se trataba de una agencia de detectives privados.
El encargo consistía en descubrir quién estaba robando cuerpos de las tumbas. Existía un mercado para aquellos restos: las escuelas de medicina necesitaban cadáveres para enseñar anatomía y la disponibilidad legal no cubría la demanda. Los llamados «resurreccionistas» obtenían cuerpos mediante exhumaciones clandestinas.
Las sospechas apuntaban hacia Quinlan, pero había que comprobarlas.
El 27 de octubre, Pinkerton destinó a un agente a observar sus movimientos durante la tarde y la noche. Al día siguiente recibió ayuda de otro compañero. No descubrieron nada que lo implicara de manera concluyente.
Era necesario cambiar el dispositivo.
La mañana del 29, dos investigadores recorrieron el cementerio, examinaron el terreno y eligieron posiciones desde las que vigilarlo. Aquella noche se desplegaron seis agentes.
No ocurrió nada.
El día 30 se incorporó un séptimo hombre. La vigilancia continuó hasta la noche del 5 de noviembre sin que, según el informe de Pinkerton, nadie intentara alterar las sepulturas.
El caso avanzaba a través de noches que terminaban sin novedades.
Años después, Pinkerton describió en sus memorias un sistema para comunicarse en silencio: cordeles gruesos de los utilizados por los carpinteros. Mediante tirones, los vigilantes transmitían señales y comprobaban que sus compañeros permanecían atentos.
Es uno de los detalles más sugerentes del relato, aunque procede de esas memorias posteriores. El informe contemporáneo documenta el despliegue, pero no menciona los cordeles.
El 6 de noviembre solo pudieron acudir cuatro agentes. Precisamente aquella noche apareció el carruaje.
El seguimiento terminó con Quinlan detenido y los cuerpos recuperados. Sin embargo, todavía quedaba identificar a los fugitivos, contrastar las explicaciones del sospechoso y preparar el procedimiento judicial.
Los detectives comprobaron sus movimientos anteriores a la detención, buscaron testigos y comparecieron ante las autoridades.
El 13 de noviembre, uno de los agentes acompañó al cementerio a un hombre apellidado Best. Allí identificó uno de los cadáveres como el de su esposa.
Detrás de aquella operación había también una familia cuya difunta había sido sustraída de su tumba.
El 14 de diciembre, Pinkerton remitió al concejal Green un informe detallado. Identificaba a sus hombres mediante letras y enumeraba sus tareas. Adjuntaba además la factura: seis dólares diarios por agente, su tarifa mínima de trabajo.
Según la reconstrucción del historiador Corey Recko, Quinlan se declaró culpable de dos cargos en enero de 1858 y recibió una multa de 500 dólares.
El informe permite seguir una investigación privada desde las primeras sospechas hasta la preparación del caso: observar, reconocer el terreno, esperar, seguir y comprobar.
Encontrar los cadáveres fue el momento decisivo. Explicar cómo habían llegado al carruaje exigió seguir investigando.









