Kate Warne se ganó la confianza de la esposa de un sospechoso para encontrar el dinero robado a Adams Express. La mujer a la que confiaba sus problemas era una detective.
La señora Maroney tenía una amiga que parecía comprender sus dificultades. Se hacía llamar Madam Imbert, conocía los problemas que podían traer los negocios ilegales y estaba dispuesta a aconsejarla.
En realidad, era Kate Warne, detective de la agencia Pinkerton. Su misión consistía en averiguar dónde estaba el dinero que el marido de aquella mujer había robado a Adams Express.
Para encontrarlo, necesitaba que confiaran en ella.
El dinero desaparecido
El caso comenzó en 1858, cuando desapareció un paquete con 10.000 dólares transportado por Adams Express. Las primeras investigaciones no consiguieron aclarar qué había ocurrido.
Las sospechas acabaron concentrándose en Nathan Maroney, responsable de la oficina de Montgomery, Alabama. Era un empleado apreciado y disfrutaba del respaldo de personas que lo consideraban incapaz de robar.
Después desaparecieron otros 40.000 dólares.
La compañía recurrió a Allan Pinkerton, que organizó una investigación con varios agentes infiltrados. Unos seguirían los desplazamientos del sospechoso; otros se acercarían a su entorno. Warne recibió un encargo especialmente delicado: ganarse la confianza de su esposa.
Una identidad para entrar en confianza
Warne había ingresado en la agencia en 1856. La Biblioteca del Congreso la presenta como la primera detective privada de Estados Unidos y destaca su capacidad para obtener información mediante relaciones que los agentes varones difícilmente podían establecer.
En este caso adoptó la identidad de Madam Imbert, presentada como esposa de un falsificador. Esa biografía inventada le permitía hablar de secretos y dificultades sin parecer una amenaza.
La esposa de Maroney se había trasladado a Jenkintown, Pensilvania, donde vivían familiares suyos. Allí, Warne fue convirtiéndose en una persona cercana, alguien a quien escuchar cuando surgieran dudas sobre el dinero.
La otra mitad del engaño
Mientras Warne trabajaba junto a la esposa, otro detective, John White, se acercaba a Maroney durante su estancia en una cárcel de Nueva York.
Según el relato que Pinkerton publicó posteriormente, White consiguió que el detenido lo creyera un aliado capaz de ayudarlo a manejar el dinero sustraído.
Maroney acabó enviando instrucciones a su esposa para que se lo entregara.
Ella desconfiaba. Warne intervino para convencerla de que siguiera las indicaciones de su marido.
Las dos infiltraciones convergían: el hombre confiaba en White; su esposa, en Madam Imbert.
El escondite del sótano
Pinkerton cuenta que el dinero estaba enterrado bajo el suelo del sótano de los familiares de la mujer.
Tras recuperarlo, Warne acompañó a la esposa de Maroney a una cita con White, que se presentó como vendedor ambulante de libros. El intercambio permitió poner el paquete en manos del detective.
El recuento arrojó 39.515 dólares, casi la totalidad de la segunda sustracción.
El mismo relato sitúa el desenlace en el juicio: al aparecer White, Maroney comprendió el engaño y se declaró culpable. Fue condenado a diez años de trabajos forzados.
Una detective detrás de la amistad
La reconstrucción más detallada procede del propio Pinkerton, narrador interesado en destacar los éxitos de su agencia. Sus diálogos y escenas requieren esa cautela.
La Biblioteca del Congreso, sin embargo, también reconoce la participación de Warne en el caso y su papel en la localización del dinero.
Su herramienta principal fue una identidad creíble, sostenida durante el tiempo necesario para convertirse en alguien de confianza.









